La aplicación de las automatizaciones robóticas no es una novedad en el sector productivo o de servicios. Es común que hablemos de “la Tecnología” o “la Robótica” como entes con capacidades de interactuar con características humanas o sobrehumanas e incluso como entes que toman acciones conscientes en la sociedad; en realidad hablamos de medios y herramientas diseñadas, producidas y aplicadas por seres humanos. En cierta manera, adjudicamos cualidades humanas a técnicas y herramientas que se presentan como dispositivos independientes o que conforman sistemas con determinadas complejidades. Al humanizarlas, es decir, al darles cualidades humanas y considerarlas como entes autónomos, es una manera de personificarlas o humanizarlas, es decir, ver como si actuaran o fueran un ser humano. Por ejemplo, cuando pensamos que la tecnología avanza “por sí sola”, los sistemas “obligan a determinadas situaciones” o que la tecnología tiene la capacidad de “imponer”, estamos dando un poder humano a dicho conjunto de técnicas y herramientas. Como si tuviera conciencia propia. Lo más preocupante es cuando le adjudicamos un poder intrínseco e irrefutable. Siendo que, como ya he desarrollado en otros artículos [1], se basa en nuestro fatalismo, por el cual asumimos que las cosas son de determinada manera, y como tales hay que aceptarlas y adaptarse a ellas, esto sin analizar las causas o sin cuestionar los factores reales que actúan sobre las estructuras sociales. Por ende, encubriéndose a los verdaderos actores y causantes de las injusticias y deshumanización. Sobre todo, cuando se produce el sometimiento del otro hasta no darle opción, y por ende descartar toda visión comunitaria por la cual la vida y la subsistencia tienen sentido. ¿Qué sentido tiene una planta productora si no trae beneficios a su comunidad?
¿El robot reemplaza al trabajador por sí mismo?
El hombre, reemplaza al hombre. Hasta sofocarlo y tomar sus posibilidades de libertad y sustento. Hasta eliminarlo o convirtiéndolo en imperceptible. Cuando se aplican autómatas en cualquiera de las etapas de los procesos productivos, sociales y de comercialización, el empresario es quien determina lineamientos y funcionalidades en lo amplio de su entorno; las máquinas son extensiones mecánicas y electrónicas que ejecutan las directivas [2]. Cuanto más desarrolladas son estas extensiones mecánicas, más le es posible eliminar el componente humano de la producción. Por supuesto, no podemos hablar de una sustitución dado que el ser humano como tal tiene sus cualidades propias de su humanidad más allá de los procesos productivos y que son parte de la vida en comunidad.
Como sabemos, las ideologías tecnocéntricas o tecnócratas, buscando sus integrantes su felicidad y beneficio, han impuesto por los medios educativos, literarios y de mercadeo que el hombre se vea a sí mismo como una máquina desde una visión sesgada, mecanicista y deshumanizada. El hombre como “parte mecánica” de los sistemas de producción. Una visión que recorta al ser humano en sus cualidades sensibles, conscientes, espirituales y de concepción de justicia. Es tal la enajenación, que algunos sectores ven en la robótica humanoide a una nueva especie superior y evolución con respecto al ser humano [3]. El hombre se ve como una máquina y acepta su sumisión en el romanticismo del concepto de la evolución del más apto o adaptable, donde en realidad quien saca ventaja para su beneficio no son los mecanismos, sino el sector dominante. Como si se tratara de un sacrificio voluntario a los dioses del mercado. El concepto de evolución, pondera determinada postura basada en una supuesta superación, dejando de lado aquello que nos permite existir como especie: el cuidado. La humanidad, sin cuidado, no tiene posibilidad alguna de existencia. Podemos verlo en la necesidad de un bebé y sus padres.
El mito de que el robot reemplaza al ser humano, se predica desde los púlpitos de los sacerdotes de la Religión de Mercado y se transfiere un diezmo [4] para beneficio de los Señores de la Tecnología [5]. El trabajo de dominación comienza con la descalificación del trabajador y sus cualidades humanas: su necesidad de descanso, recuperación ante enfermedades, su capacidad crítica, su oposición a la injusticia, sus capacidades reproductivas y, por ende, sus necesidades de cuidado, la conformación de comunidad y sociabilidad. Preguntémonos: -¿Qué ser humano podrá trabajar en un sistema productivo o de servicios si no puede ser humano?- , he aquí que podemos hablar de la Dictadura de la Tecnocracia.
Por otro lado, la implementación de automatismos reduce las horas de trabajo de los empleados, y como en la mayoría de los casos se producen despidos o pase a trabajos prescindibles, generalmente por un tiempo determinado. Así también se prescinde de los trabajos especializados o de formación en los procesos productivos, quitando así la posibilidad de acceso a puestos de trabajo bien pagos. Una vez ocurrido esto y como proceso estructural, el trabajador en muchos casos no tiene opción, pese a que se pretenda justificar la posibilidad de educarse para la realización de trabajos tecnológicos, que cada vez se ven progresivamente en reducción. En los sectores marginados y empobrecidos, donde la educación es un derecho, pero no siempre puede practicarse debido a sus implementaciones y, sobre todo, a la voracidad de la injusticia de pertenecer y verse acosados dichos sectores por las continuas necesidades básicas no accesibles a sus posibilidades. No solo con la panza vacía no se educa, sino que también la vida en continua necesidad de acceder a las necesidades básicas conlleva indefectiblemente a vivir en la desesperación. Debemos aceptar la realidad de que la educación queda en un segundo plano. Sin comer, sin techo, sin cuidado no es posible vivir y menos aún desarrollarse.
Como podemos ver, la automatización aplicada de manera insensible es antisocial y anticomunitaria. Bajo el lema de reducir el llamado costo laboral, se destruye el entretejido comunitario de pueblos y ciudades, rompiendo con todo concepto ideológico de que los empresarios actúan al servicio de la comunidad en la cual se desarrollan.
Fuentes:
[1] G. Reimondo, “Fatalismo y disrupción tecnológica”, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm. 5 2025.
[4] Tributo del diez por ciento que sobre el valor de ciertas mercancías recibía el rey.
[5] G. Reimodno, “El Dios Mercado y El Señor Tecnología”, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm. 5 2019



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