Una de las primeras cosas que oímos de las personas mayores cuando somos niños o niñas es: “no hagas lío” o “dejá de hacer lío”. Pueden ser palabras pronunciadas por un padre o una madre o por la abuela de turno o por el o la docente en la escuela. Resulta indistinta la persona adulta que sea, pero es una frase que va marcando una manera de educar, una manera de ir creciendo, una manera de ir haciéndose en la vida. Pareciera ser que “hacer lío” no es ninguna virtud sino, por el contrario, algo que debe ser evitado y, llegado el caso, castigado.
Al analizar hoy la política represiva del actual régimen de gobierno no podemos menos que remontarnos a aquellos días de consignas correctivas de quienes debían ocuparse de nuestro desarrollo. Hoy, quienes “hacen lío” reclamando por sus derechos legítimos a una jubilación digna, son reprimidos con gases, con golpes, con persecución, con causas penales y con la estigmatización ante los ojos de una sociedad que cree en los “valores” de una libertad basada en el garrote, la censura y la deslegitimación de la protesta social. “Hacer lío” está mal, no se corresponde con la buena ciudadanía, no es compatible con un modelo social que vive de la apariencia del orden y no comulga con el ideal meritocrático de quienes nacieron en cunas privilegiadas y creen que todas las demás personas son inútiles o vagas o planeras y tienen que “agarrar la pala” y dejarse de embromar.
Sabrán disculpar quienes lean estas líneas la vehemencia con la expreso algunos conceptos, pero hoy venimos de acompañar como Mesa Ecuménica (espacio que integro junto a otras organizaciones basadas en la fe) una olla popular organizada por personas despedidas del Ministerio que han decidido llamar de Capital Humano y que lo único que ha demostrado es un tremendo desprecio por la humanidad de las personas más vulnerables de nuestro país. Personas con 20 años de trabajo en las calles, sirviendo en los barrios, fueron echadas sin justificativo alguno. Sus lágrimas de dolor e impotencia son un clamor al cielo y a la justicia. Pero, ni el cielo ni el poder judicial parecen tener oídos ni sensibilidad ante estas situaciones. Porque las personas despedidas “hacen lío” y eso no está bien.
De allí fuimos a acompañar a las personas adultas mayores que cada miércoles se acercan al Congreso Nacional con la revolucionaria consigna de marchar alrededor del recinto donde legisladores y legisladoras deberían garantizar el bienestar de quienes habitamos este suelo. Pero, las fuerzas del orden le temen al “lío” de jubiladas y jubilados que gritan su miseria, su hambre, su salud quebrantada en la esperanza que alguien les muestre misericordia. Sin embargo, aún el gesto de la misericordia, en la persona del Padre Paco (que integra también la Mesa Ecuménica y Sacerdote por la opción por los pobres) escandaliza y allí recibió otra vez golpes que lo lastimaron por “hacer lío” con una estola y una oración.
El gran desafío que tenemos hoy quienes buscamos hacer de nuestro país un lugar que abrace a todas las personas en sus necesidades es desmitificar este concepto que venimos desarrollando. “Hacer lío” no es algo malo, no es algo que debe ser castigado ni censurado ni reprimido. “Hacer lío” es una demanda a nuestra constitución humana, un desafío inherente a nuestra condición de seres sintientes, una vocación instalada en nuestro ADN y que se expresa toda vez que “el orden” impuesto atenta contra el derecho a una vida digna.
Debemos recuperar de nuestros pueblos originarios la idea del buen vivir (suma qamaña o sumak kawsay en aymara y quechua, respectivamente) que evoca la armonía, la interdependencia, la íntima comunión de todas las personas y del conjunto de los seres humanos con la creación entera.
El “hacer lío” va al encuentro de esos valores que la sociedad postcapitalista y del liberalismo tecnocrático pretende descartar como innecesarios o irrelevantes: el derecho a la tierra, al techo, al alimento, a la salud, a la educación, a un trabajo bien remunerado. Y vaya si hay que hacer mucho lío para que esos derechos no sean consumidos por la ola libertaria que se ha instalado con toda su crueldad en nuestro país.
Por eso, queridos lectores y queridas lectoras, no dejemos de “hacer lío”. Como personas de bien, empáticas con quienes no la están pasando nada bien, solidarias con nuestros semejantes en necesidad, dispuestas al abrazo amplio y generosa, abiertas a incluir y no a rechazar, hagamos caso al llamado que hace ya muchos años nos hiciera el fallecido Papa Francisco: “salir a la calle, salir del encierro, salir de la comodidad, salir del conformismo, salir a hacer lío…”
Por aquellos días en que quien fuera el cardenal Bergoglio pronunció aquellas frases a la juventud reunida en Río de Janeiro, escribí un poema y quisiera cerrar este breve artículo con algunos fragmentos del mismo.
Miremos en derredor,
abramos los ojos a lo que sucede
en hospitales, escuelas, calles, plazas,
reconozcamos a quien sufre,
a quien es marginado,
a quienes son lastimados,
a las personas heridas por el odio,
discriminadas por el color de su piel,
por lo que creen, por su sexualidad,
por su condición social,
por su empleo o su desempleo,
y “hagamos lío”.
Levantemos la mirada
para descubrir a quienes corrompen
la armonía de una sociedad
con su indiferencia egoísta,
con su mediocridad espiritual,
con su apatía insolidaria,
con su moralina pacata,
con sus teorías de sillón,
y “hagamos lío”.
(…)
Militemos en medio de la vida,
tendiendo manos y brazos,
estirando al límite el corazón
hasta que rebalse de amor puro y genuino,
tocando las vidas de quienes ya no creían en nada
para despertarles la esperanza
y ayudarles a descubrir la alegría de vivir.
Sí, “hagamos lío”.
“Hagamos lío”
en los tribunales de la injusticia,
en los medios de la intolerancia,
en las alianzas sostenidas en mentiras,
en los antros del poder corrupto,
en las fiestas de los acaparadores,
en las oficinas de los especuladores.
(…)
“Hagamos lío”,
pintemos lo cotidiano de revolución,
vistamos de colores la monotonía de los grises,
provoquemos a quienes ven pasar la vida
desde la comodidad de su vida aburrida,
despertemos a quienes duermen
en su poltrona de quejas permanentes,
hagamos bailar
a quienes están paralíticos de compasión.
Dibujemos sonrisas en tantos rostros
llenos de muecas desanimadas.
“Hagamos lío” (…)[1]
[1] 26 de julio de 2013, a la luz de las palabras del papa Francisco.



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