Hay personas que creen que las herramientas, es decir, los dispositivos diseñados para un objetivo, desvinculan al creador de su responsabilidad. Que el propósito inherente al diseño, así como su difusión, comercialización y capacitación, constituyen acciones abstractas y disociadas de sus consecuencias. Toda herramienta es diseñada para un fin; generalmente, inclusive, se busca una mayor eficiencia y una reducción de costos para volver dicho objetivo más accesible y masivo. Es decir, fomentar y facilitar determinadas acciones. Toda acción tiene consecuencias y la existencia de nuevas alternativas en un grupo social transforma las estructuras y entramados de las relaciones humanas. Por ejemplo, un pueblo que dominaba el hierro tenía más capacidad para producir, guerrear y expandirse que uno que no lo dominaba.
Un diseñador, un fabricante e inclusive un distribuidor obtienen beneficios de la comercialización y el uso del dispositivo creado.
En la sociedad industrial y mercantil en la que vivimos —donde lo industrial ya no se limita a los métodos tradicionales de producción, sino que incluye procesos y estructuras virtualizadas— hay personas y comunidades que dependen del trabajo para garantizar su sustento. hay personas y comunidades que dependen del trabajo para garantizar su sustento. La imposibilidad de acceder a los medios necesarios para una vida digna puede conducir a la mendicidad, la pobreza, la marginación e incluso la muerte. Lo que sí puede afirmarse es que constituye el inicio de una muerte social, capaz de conducir tanto a una muerte prematura como a la sumisión a la explotación. Por supuesto, existen Estados que proveen sistemas destinados a reducir el impacto del desempleo, pero, como sabemos, tanto dentro de esas mismas sociedades como a nivel global existe una periferia en la que las clases dominantes invisibilizan las consecuencias y las condiciones de vida.
Cuando un diseñador crea un automatismo con el objetivo de permitir al empresario disminuir el costo laboral, está adoptando una postura social activa. Asume, junto al empresario, una acción orientada hacia ese propósito. ¿Cuál es ese objetivo y qué carácter tiene? Es económico: quitar al trabajador su trabajo vivo, aquel que le asegura su sustento. En estos casos, el empresario o un grupo de empresarios busca maximizar sus ganancias utilizando la herramienta que le proveen los tecnócratas. Por supuesto, en una estructura comercial no equitativa o ajena a una cooperativa responsable ya existe un robo de la plusvalía, pero con la automatización esto va más allá: no solo implica el robo en sí, sino también una segunda forma de desposesión basada en negar la posibilidad de participar del acceso a la vida. En esa relación, en esa negación del sustento, se produce violencia hacia el trabajador.
Si a una persona se le niega la posibilidad de acceder a los medios necesarios para su subsistencia, se ejerce sobre ella una forma de violencia estructural y de extorsión económica. Dicha negación no solo implica exclusión material, sino también una relación de dominación y desposesión que condiciona su libertad y su capacidad de desarrollar una vida digna.
La violencia no se produce únicamente mediante la agresión física directa, sino también a través de la privación de las condiciones necesarias para sostener la vida.
Esta situación puede entenderse como una forma de robo con violencia. No se trata de robo en el sentido jurídico dominante, sino de una apropiación estructural de las condiciones materiales de existencia. Existe un abuso ejercido mediante una relación asimétrica, donde el trabajador no posee una verdadera libertad de elección. También aparece una forma de violencia estructural, dado que la persona queda fuera del sistema y vulnerable a la explotación laboral, la marginación y la desposesión.
No lo queremos ver, pero muchas automatizaciones orientadas a maximizar ganancias mediante la vulneración del trabajador constituyen una forma de robo. La cuestión central no es si la tecnología es nueva o eficiente, sino cuáles son sus consecuencias sobre la vida concreta de las personas. Cuando una automatización aumenta la exclusión, niega el acceso al sustento y empuja a sectores de la población hacia la marginación y la explotación, pierde toda legitimidad ética, por más legal o rentable que resulte.
Abramos nuestros corazones. No temamos a la sensibilidad de un mundo justo y amoroso, que abre paso a quienes son privados de la fuerza vital, del pan y del amor propio, pero que, pese a ello, serán la fuente de regeneración.



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