En un mundo cada vez más tecnologizado e individualista, existe un conocimiento ancestral que resiste en silencio. Un saber que se almacena en la memoria de la tierra, que se transmite de generación en generación en las manos de quienes lo cuidan, hombres y mujeres que son custodios de la riqueza más pura que poseemos: las semillas originales, sin modificaciones genéticas y las formas de cuidado y preservación de las mismas.
La obra mural, «Guardianas de las semillas»(Montreal, Canadá, 2024), nace precisamente ahí: en el cruce entre el arte, la conciencia ambiental y la necesidad de recuperar los vínculos reales con la naturaleza.
Este proyecto no surgió de manera aislada, sino que se vincula con la investigación continua que vengo realizando a lo largo de mi carrera como artista plástica sobre temáticas referidas al cuerpo, el espacio habitado y el tiempo vivido. Coincidiendo con los intereses que se plasman en mi obra de caballete, la obra mural reivindica las historias de tantas mujeres que, históricamente, han sido las encargadas de proteger la biodiversidad.
Esta propuesta cobró vida, a través de la dupla de muralismo Nereidas R, la cual cofundé en 2004 junto a Alejandra Zeme mientras realizábamos el postgrado en pintura mural en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova.
Durante más de dos décadas hemos forjado la identidad del grupo, pintando en diversas provincias de Argentina, y cruzando fronteras hacia Bolivia y Canadá, interviniendo muros que pertenecen a las comunidades.
El arte en la calle democratiza la belleza, pero fundamentalmente construye identidad. Cuando pintamos un muro sentimos la gran responsabilidad que implica crear pertenencia a través del arte: nos sentamos con los vecinos, escuchamos sus historias, sus dolores y sus orgullos, y luego devolvemos eso en una composición monumental que conlleva una investigación profunda. El muro deja de ser una estructura fría para transformarse en un reflejo de la historia local e identitaria.
En la obra que hoy ilustra esta portada, «Guardianas de las semillas», plasmamos a mujeres de distintas comunidades custodiando e intercambiando semillas propias de distintas zonas de Latinoamérica, estas figuras se encuentran rodeadas con guardianes simbólicos del aire, la tierra y el agua para advertir sobre la contaminación y las especies en peligro de extinción.
El mural intenta ser en un símbolo de resistencia, soberanía alimentaria y patrimonio colectivo emplazado en el barrio latino de Montreal.
Integración con la comunidad
El muralismo es, por definición, una herramienta de comunicación social y una forma de establecer territorio, es una obra viva que busca tejer lazos. Su propósito principal no es solo la contemplación estética, sino generar un espacio de encuentro y diálogo en la vía pública, desde mi perspectiva el muralismo cumple esa función docente de enseñar y concientizar a quien se enfrente a la obra.
Nuestra identidad visual se caracteriza por ser una fusión entre la tradición clásica del muralismo latinoamericano y un cromatismo preciosista y particular moderno.
Pintar esta pieza en Canadá supuso un maravilloso proceso de integración comunitaria. Ver a personas de distintas procedencias acercarse al muro, verse reflejadas en los rasgos americanos de las figuras, y dialogar sobre el ecofeminismo y el cuidado de nuestra casa común, fue la confirmación de que el arte es un lenguaje universal que traspasa fronteras. El propósito fundamental de esta obra es, en definitiva, sembrar una pregunta en el transeúnte: ¿qué estamos haciendo para proteger lo que nos da la vida? Es un homenaje visual a quienes, desde el más absoluto y silencioso anonimato cotidiano, sostienen el futuro del planeta.





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