Las personas que formamos comunión con aquellas que sufren, que no tienen opción y que son marginadas, muchas veces sentimos el dolor de quienes acompañamos o con quienes convivimos. Nuestras limitaciones y la experiencia práctica como acompañantes y en la amistad nos involucran en los sentimientos del otro, en sus imposibilidades frente a una estructuración social que conspira contra sus necesidades para el sustento de sus vidas.
Carencias tanto afectivas y espirituales como de dignidad, igualdad, alimento y salud, entre otras. Creo que muchas personas necesitarían vivir estos sentimientos para poder comprenderlos y desanudar los sesgos que no nos permiten —o no queremos— reconocer la injusticia social de este mundo tan centralizado y que carece de salud entre su pueblo.
Toda tecnología posee una ideología y funcionalidad que la hace eficiente para un determinado fin. Esto es propio del proceso de diseño y de los marcos conceptuales y dogmas que dirigen el proceso. Una tecnología que no está contextualizada y creada desde la convivencia y desde los sectores en desventaja será opresora y exclusivista [1].
En un mundo regido por la dictadura del mercado, sus sacerdotes, predicadores y adeptos, se busca indefectiblemente cumplir con los dogmas y mandatos de esta religión: “La maximización de las ganancias”, en función del sacrificio de seres humanos y de toda la naturaleza. ¡Pero claro, está!, quién quisiera ver esta injusticia del crujir de huesos, del dolor de hambre y necesidades básicas negadas.
El clero del dios mercado y su marketing se encargan de fecundar la realidad con falacias que invisibilizan la injusticia. Hablamos de una religión de muerte. Quienes sufrimos solidariamente, con los amigos y las amigas marginados, padecemos en lo más profundo dicha injusticia. A veces, en nuestra finitud, clamamos para que un hecho sobrenatural de carácter divino termine con este mundo injusto y abra el camino a uno nuevo, justo y necesario. Es parte de nuestra desesperación.
Luego comprendemos que ello no ocurrirá, pero seguimos trabajando incansablemente como si pudiera ocurrir mañana, siendo conscientes de que la transformación histórica tomará mucho tiempo.
Desmontar el pensamiento mágico del mercado —según el cual sus males se autorregularán— es necesario, porque dicha idea es una fantasía que podemos comprobar en cada momento de nuestras vidas si decidimos ser “ateos” de ese dios: el dios mercado [2].
Los desarrolladores tecnológicos trabajan, directa o indirectamente, para los reyes del mercado. Estos, sintiéndose magnánimos, dicen que el mercado de la robotización se autocontrolará, dado que llegará un punto en el cual la caída en el empleo generará una limitación automática de la automatización. Sería algo como decir que el dios mercado dejaría de serlo y sus ungidos —sus reyes tecnócratas— abandonarían la práctica de “maximizar sus ganancias por medio de la reducción del mal llamado costo laboral”. Con lo cual, en dicho anhelo hay una injusticia sacrificial de muerte y una incoherencia que carece de sentido científico desde la comprensión de los fenómenos sociales.
Analicemos primero la injusticia. Para que la mencionada regulación se efectúe, tiene que haber una causa, que no es más que la opresión de los trabajadores y sus familias, los desempleados y los pequeños cuentapropistas. Y cuando hablamos de opresión y de la visualización de la misma en un régimen injusto, hablamos concretamente de muertes. El régimen, el mercado, se encarga de ocultarlas y los adeptos fielmente aceptan no verlas. ¿Cuánto vale la muerte de personas? ¿Acaso preferís negarte a verla?
Si creemos que el mercado robótico —o, más bien, la decisión de los empresarios— cambiará instantáneamente y dejará de maximizar ganancias mediante la reducción del mal llamado costo laboral, estamos frente a una fantasía.
Para que ello ocurra, sería necesaria una acción concreta del pueblo oprimido, por ejemplo, mediante el Estado limitando dicha práctica injusta.
¿O quién sabe?, quizás cansados, como los luditas del siglo XIX se inutilicen los robots. Sea como sea, todo proceso histórico-social posee una dinámica concreta: no es mágico. Se desarrolla a lo largo del tiempo y es impulsado por un espíritu y por necesidades de liberación.
Ahora ya lo sabes: “Que el mercado tecnocrático regulará por sí mismo la automatización es simplemente una falacia”.
¿Qué estarías dispuesto a hacer para revertir sus causas?
Fuentes:
[1] «El diseño de servicios y productos como acción de transformación y de esperanza para otro mundo posible (Primera parte)» , Gustavo Reimondo, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm 2 2021
«El diseño de servicios y productos como acción de transformación y de esperanza para otro mundo posible (Segunda parte)» , Gustavo Reimondo, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm 3 2021
«El diseño de servicios y productos como acción de transformación y de esperanza para otro mundo posible (Tercera parte)» , Gustavo Reimondo, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm 4 2021
[2] G. Reimondo, “El Dios Mercado y El Señor Tecnología”, Revista TECNOLOGIA HUMANIZADA núm. 5 del 2019



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