“La IA aumenta mi productividad, amplía mis capacidades o me vuelve más competitivo, entonces su adopción es deseable y el debate termina ahí.” Parafraseo de las afirmaciones de los gurús de la IA.
El Dios Mercado, a través del Señor Tecnología, otorga poder a determinadas personas para que este se manifieste y sea ejercido por aquellos que hayan obtenido su bendición. No para transformar desde la equidad y la autodeterminación, donde cada persona es soberana en la igualdad de opciones y en el desarrollo conjunto de un mundo más justo. El Dios Mercado elige a quienes codician la acumulación y el autoritarismo, negando la pluralidad de perspectivas. Centraliza y jerarquiza la realidad en una única visión, mediante el dogmatismo, los discursos y las prédicas desde los podios y púlpitos. Su altar de sacrificio solo busca la sangre, la vida, de aquellos que se ven postergados y marginados por sus idealizaciones concretadas a través del tecnomercado, las verdades incuestionables del cibermarketing y la instauración de la tecnología como magia soberana de un fundamentalismo que logra su aceptación mediante la superficialidad de los pensamientos.
Cada vez que juramos lealtad a los monarcas de la tecnología, ¿podemos decir que somos ateos? ¿Ateos de qué Dios?
Un dios que promete aumentar nuestras capacidades personales para competir contra los demás. Convertirnos en tecno-guerreros que luchan contra el mundo para sí mismos. Tener acceso a nuevas capacidades que no son propias, sino que son adicionadas por medio del acoplamiento de un mecanismo. Un mecanismo deshumanizante, que no posee sensibilidad ni comprensión de las necesidades humanas y de los procesos o movimientos de transformación social. Como supuestamente me potencia a mí, aunque me deshumaniza, entonces es bueno. ¿Nos pretenden adoctrinar en aceptar que, si es bueno para mí, entonces es justo y bueno?
Cuando optamos por una convivencia cercana con quienes se encuentran en desventaja, los marginados que produce la dictadura del Dios Mercado, el acompañamiento en el respeto para con ese otro, el mundo se da vuelta ante nuestras certezas y convicciones. Acompañamos, no hacemos en suplantación del otro, sino para hacer y crear en comunidad. Nuestra propia verdad no elimina al otro; cuando uno está allí como hermano, como soporte, y no como supresor o como quien impone una visión. La verdad aflora cada vez que las personas marginadas, quebradas por el sistema, por la falta de cuidado y posibilidades, son sometidas al fracaso en un mundo que conspira contra su autorrealización, subsistencia y vida. Se erigen paredes invisibles para quienes tenemos determinados beneficios propios del derecho a cierta educación, al haber sido educados en un mundo basado en la competencia y las falsas transformaciones que generan inmovilidad social. Esas paredes que se elevan y se hacen tangibles para los oprimidos los separan, matando su pulsión de vida. La vida no está entre el pueblo, está centralizada, sobreguardada detrás de esos muros.
Usar la tecnología para fortalecerme individualmente es seguir corriendo y luchando sin ver las paredes y estructuras de muerte. Es más, al no percibirlas y actuando sin límites, terminaremos fortaleciéndolas en el orgullo de no verlas o de ser indiferentes a ellas.
¿Quiénes necesitan ser potenciados y desde dónde construir juntos?
Muchos de mis amigos y amigas murieron, ocultos detrás de esas paredes. ¿Quizás deberíamos sensibilizarnos ante la desaparición de nuestros amigos y comprender que, sin una transformación dadora de vida, que comparte el pan y el amor esperanzador y utópico en un nuevo mundo de justicia, habrá más muerte y marginación?
El problema no está en el conocimiento tecnológico, sino en su diseño, aplicación y en el dios que hemos creado desde su veneración, al cual le ofrecemos sacrificios humanos en nombre del beneficio propio y obedientemente, sin crítica, a los mandatos que autodecretamos en pos de recibir nuestra bendición personal. ¿La creación de novedades tecnológicas automáticamente nos libera?
¿Qué podemos decir sobre nuestra liberación?
La adopción de IA se presenta como un medio para potenciar habilidades humanas, acelerar promociones, desarrollar una supuesta creatividad y disrupción. Antes de preguntarnos cómo amplificar capacidades, la cuestión principal es al servicio de quién están esas capacidades y qué acceso tienen a ellas para convertirse en protagonistas de transformaciones responsables y no opresoras.
Los tecnócratas llaman a crear “catedrales tecnológicas” como una muestra del trabajo colectivo. Ahora bien, esas tristes alegorías reproducen inconscientemente un imaginario asociado a una Iglesia que, en ciertos momentos históricos, estuvo vinculada al poder político, a la riqueza y a estructuras de dominación. En vez de ejemplificar el desarrollo desde la base, donde el simbolismo y la acción están unificados en la comunidad, la desjerarquización, la distribución del poder, el diálogo entre iguales, la acción no para construir símbolos o iconos que generalmente sostienen el poder, sino la transformación de las estructuras injustas, desde una fe que se vive más cerca de los problemas cotidianos de los pobres.
Si nos remontamos a textos de la tradición judeocristiana, como por ejemplo el relato de Éxodo 16 en el Antiguo Testamento, podemos destacar la visión social que incluye el texto. Su relato enseña que no hay que acumular en exceso y que cada uno debe tomar según su necesidad. Podemos decir, entre otras cosas, que la intención principal no es informar sobre un milagro físico sino educar al pueblo en una determinada visión de la economía y la confianza. Por eso, se puede apreciar en el relato una pedagogía económica: Dios sostiene una comunidad donde nadie acumula y nadie carece de lo necesario.
Si nos adentramos en la tradición cristiana, se encuentra un paralelismo entre el relato del maná y la multiplicación de los panes y los peces (Marcos 6,30-44; Marcos 8,1-10; Mateo 14,13-21; Mateo 15,32-39; Lucas 9,10-17; Juan 6,1-15). En Juan 6 se relata no solo la multiplicación, sino que después desarrolla un largo discurso comparándola explícitamente con el maná del desierto. En los evangelios, la multitud sigue a Jesús a un lugar deshabitado y tampoco tiene qué comer. En ambos casos aparece una situación de escasez de alimentos.
En Éxodo 16:
«Al que recogió mucho no le sobraba, y al que recogió poco no le faltaba.»
En los evangelios:
«Comieron todos hasta saciarse.»
La idea no es que algunos acumulen sino que todos tengan lo necesario y que haya suficiente para saciarse. El relato parte de una situación donde unos pocos panes compartidos alcanzan para todos. Hay que notar que se trata de pocos panes; no hay acumulación. El relato se fundamenta en una economía alternativa basada en la confianza y el compartir. Dios no solo alimenta a su pueblo, sino que propone una forma de convivencia donde nadie pasa hambre y nadie necesita acumular mientras otros carecen.
Podríamos decir que Dios alimenta cuando suscita relaciones sociales, prácticas comunitarias y formas de organización que permiten que todos tengan lo necesario para vivir. Dios dispone los recursos según la necesidad de cada uno, en una comunidad que comparte las bondades obtenidas.
La práctica solidaria que enseña Jesús y su vida entera alimenta, sostiene y da dignidad a los excluidos.
No hay un saciamiento personal, sino comunitario. No importa solamente lo que a mí me sacia, sino que hay una relación con el concepto de justicia en el pueblo. Es decir, todos tienen a disposición lo necesario para nutrirse, en un concepto amplio de humanidad, donde obviamente no solo podemos contemplar los alimentos, sino también todo aquello que hace al mantenimiento de la vida. Hoy en día, en un mundo tecnologizado, también incluye el conocimiento y las herramientas para mantenerla.
¿Qué podemos decir de la manera de pensar: si es bueno para mí, aumenta mis capacidades y productividad, entonces basta?
Para reflexionar, es muy interesante realizar una conexión entre el texto del maná y las tentaciones de Jesús en el desierto (Mateo 4,1-11; Lucas 4,1-13). La primera tentación es la de convertir las piedras en pan.
En Mateo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» (Mt 4,3)
Y Jesús responde citando Deuteronomio 8,3:
«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (Mt 4,4)
En los relatos que analizamos en la sección anterior (el maná y la multiplicación de los panes), Jesús no aparece acumulando pan ni administrando un depósito central. El alimento circula en medio de la comunidad reunida. Y en el maná ocurre algo parecido: nadie puede apropiarse de la fuente del alimento, porque el maná pertenece a Dios y cada uno recoge lo necesario.
Es decir, Jesús como líder no decide resolver el hambre generando una dependencia del pueblo con él, convertirse en un dador indispensable o resolver el problema del hambre sin transformar las relaciones sociales que generan hambre.
Por consiguiente, sostener un sistema que genera dependencia, concentración o acumulación personal es contrario a la liberación del pueblo, en especial de los que sufren necesidad y marginación.
Es necesario tener una postura en la vida por la cual el espíritu divino de liberación actúe en la historia, transformando las estructuras que producen la injusticia social, la acumulación, la concentración y la dependencia.
Fuentes:
“Fatalismo y disrupción tecnológica”, TECNOLOGIA HUMANIZADA núm. 5 del 2025
“La IA como concentradora de capital”, TECNOLOGIA HUMANIZADA núm. 6 del 2023
Crossan, J. D. (1994). Jesús: vida de un campesino judío. Crítica.
Crossan, J. D. (2007). El Jesús histórico: La vida de un campesino judío mediterráneo. Crítica.
Dri, R. (2000). La utopía de Jesús. Biblos.
Dri, R. (1996). Autoritarismo y democracia en la Biblia y en la Iglesia. Biblos.



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