Al final de la segunda parte de estas notas, señalé una idea que es central para este texto: el problema no es que los cuerpos sean frágiles por naturaleza cuando participan en la vida social y política, sino que son vueltos frágiles por un conjunto de herramientas y sistemas que terminan separándolos del mundo común. Estos mecanismos no nos acercan a los demás; al contrario, nos aíslan, nos exhiben y, poco a poco, nos quitan el espacio compartido que hace posible la vida en común.
Antes de profundizar en esto, es importante aclarar algunos conceptos. Cuando hablo de “dispositivo”, me refiero a la idea propuesta por Giorgio Agamben: un conjunto de prácticas, saberes, normas e instituciones creadas para dirigir, controlar y organizar la manera en que las personas se comportan, piensan y se relacionan[1]. No se trata solo de objetos, sino de formas de ordenar la vida cotidiana.
De esta forma, la tecnología no debe entenderse únicamente como aparatos electrónicos. También es el conocimiento y las técnicas que usamos para transformar el mundo. El problema aparece cuando estas herramientas dejan de ser solo instrumentos que usamos libremente y se convierten en una condición permanente que define qué podemos decir, ver o pensar. En ese momento, la tecnología funciona como un dispositivo que moldea la manera en que somos, es decir, crea ciertos tipos de personas y deja fuera a otras.
En el acompañamiento que realiza “Jugo Loco” con personas que viven en la calle, se observa claramente cómo estos sistemas tecnológicos y sociales generan exclusión. No solo marginan, sino que exponen a las personas y les arrebatan su propio mundo, incluso cuando estas personas son plenamente capaces de crear experiencias, vínculos y formas de vida propias[2].
Vivir dentro de este sistema de dispositivos regula la forma en que experimentamos nuestra relación con los demás. Hoy se cree que tener acceso a ciertos aparatos electrónicos garantiza una mejor calidad de vida, más oportunidades de trabajo y una mayor estabilidad económica. Estas ideas se aceptan casi sin cuestionarse y terminan marcando quién “vale” y quién no dentro de la sociedad.
El resultado es que estas creencias moldean y controlan la vida de las personas. Aquello que debería ser un espacio donde los seres humanos se encuentran y construyen relaciones (la esfera pública) se transforma en un espacio donde todo se administra, se mide y se gestiona a través de sistemas tecnológicos y sociales. En lugar de relaciones vivas, se imponen reglas y filtros.
Aunque todos estamos expuestos al mundo y somos capaces de afectar y ser afectados por otros, no nacemos siendo vulnerables. La vulnerabilidad surge de la manera en que nos relacionamos con el mundo y, especialmente, de cómo estos dispositivos influyen en nuestras vidas. Al interactuar constantemente con ellos, no solo participamos, sino que quedamos atrapados en una lógica que nos vuelve frágiles y dependientes.
Así, las formas de ser y de vivir son controladas por quienes diseñan y dominan estos dispositivos. Cuando Hannah Arendt afirma que en el pensamiento científico solo aparece “el hombre”, señala que se impone una sola imagen de lo humano[3]. En la práctica, esto significa que quienes encajan en el modelo del hombre blanco, con dinero, vivienda, acceso a tecnología y presencia en redes sociales, son quienes tienen voz y visibilidad. Los demás quedan fuera.
De esta manera, la esfera pública desaparece porque solo se permite una forma de actuar, hablar y pensar. Y esta exclusión se refuerza cuando, para ser escuchado o reconocido, se exige cumplir con las reglas impuestas por estos sistemas.
Frente a esto, recuperar la esfera pública solo es posible a través del acompañamiento. Acompañar no significa imponer ni corregir, sino respetar el mundo en el que vive cada persona. Se trata de reconocer su capacidad de actuar y de brindarle apoyo para que pueda relacionarse con otros sin quedar atrapado en dispositivos que lo separan y lo limitan.
Esto nos muestra que, al experimentar el mundo, siempre actuamos junto a otros. Estas acciones no nacen de la lástima, sino del compromiso de sostener las condiciones que hacen posible la vida compartida. Nuestras experiencias dependen de los lazos que construimos con los demás.
Por eso, volver a crear una esfera pública (un mundo común y compartido) solo puede lograrse desde el cuidado y el acompañamiento. También es necesario crear alternativas a los dispositivos actuales: herramientas que no busquen controlar ni excluir, sino integrar las distintas formas de vivir. Si toda vida puede ser afectada y es vulnerable, respetar esa vulnerabilidad debe ser el punto de partida para organizar una vida en común más justa.
Fuentes:
Agamben Giorgio. ¿Qué es un dispositivo? Trad. ns. Mercedes Ruvituso. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora. 2014.
Hanna Arendt. “Introducción a la política” en La promesa de la política. Trad.ns. Manuel Cruz. Buenos Aires: Paidós. 2009.
[1] Cfr. Agamben, ¿Qué es un dispositivo? Pp. 18.
[2] Cfr. G. Reimondo, Cuando los pobres nos llaman a la conversación.
[3] Cfr. Hanna Arendt. “Introducción a la política” en La promesa de la política. Pp. 131.



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