Las redes sociales y los pensamientos mágicos, que nos proveen la tormenta de imágenes y memes, nos atan a una silla y nos ponen gafas. En ellas se proyectan mensajes e imágenes que no nos permiten entrar en la profundidad de los conceptos; el poder hilvanarlos, construir una red de conocimiento, contextualizar conceptos y ver las estructuras tras del telón. Una verdad o una mentira se analiza y comenta en lo fugaz, en lo inmediato, sin reflexión y, menos aún, sin intervención práctica de los conceptos.
En este sistema de desconcientización se crean y difunden las más aberrantes distopías y aseveraciones deshumanizantes e incluso, el desconocimiento del Otro como otro. Son el espacio del hombre conquistador, el de la imposición y de la justificación insensible a las afirmaciones dogmáticas que buscan instaurarse y dar veracidad a lo incongruente.
Es tan doloroso y triste, vivir en la calle, sin hogar, sin acceso a prosperidad. Miles de personas en todas las ciudades se ven arrojadas a la calle, más aún en este último tiempo, donde en muchos países el libertarismo de la inconsciencia quita toda opción de sustento a las personas más desprotegidas o que podían haber construido cierta estabilidad. Desprotección que también es producto de una sociedad que, cada vez, mira para otro lado ante la necesidad del que no tiene opción, las minorías sin poder, quienes históricamente se encuentran en desventaja, los que sufren de privaciones básicas.
Dicen: -Hay que enseñarles a pescar- Pero resulta ser que ya no se pesca si no se adhieren diferentes sistemas y dispositivos, conocimientos e intermediaciones tecnológicas que obligan a la persona a dar parte de su sustento a las empresas tecnológicas, además de las restricciones de extender redes por medio de los medios digitales propias de los algoritmos de las redes sociales; así también, en las políticas restrictivas del comercio ambulante y callejero no ayudan a poder establecer a todos y todas, en primera instancia, un emprendimiento próspero. Lo obtenido sirve para sobrevivir. Es allí donde para muchos nace el camino de la autoexplotación.
En un marco donde la dictadura de mercado, es decir, los empresarios deshumanizantes y sus grupos de dependientes, aplican la regla de eficientización de los procesos comerciales y de producción desde una lectura estrictamente avara marcada por el valor de la reducción de costos. Sin importar a quién se deja sin trabajo, donde los sectores dependientes viven de la producción y servicios (y los sectores pudientes de su consumo ostentoso), en la espiritualidad de “la maximización de las ganancias y la avaricia” es imposible ver el valor social del trabajo justo. El trabajo justo es parte de una sociedad sana, donde se despierta la libertad. En la sociedad injusta, que no ve al trabajador, al que necesita del salario, al pequeño productor que vive de su trabajo; la aplicación irresponsable de la automatización por medio de robots indefectiblemente, en este mundo capitalista y por ende feudal y concentrador, solo impone la opresión del trabajador.
Sumergidos en pensamientos superficiales (sin análisis, sin contextualización y praxis social solidaria), se pretende analizar la realidad desde un pensamiento utópico implantado. Se confunden ficción e idealización y se analizan las premisas desde un mundo irreal y fantástico. Donde todos viven sin trabajar y no existen intereses mezquinos. Para ello se requiere transitar camino hacia otro mundo posible que indefectible y sensiblemente deviene de la justicia social.
No hay generación de otro nuevo mundo sin criticar la realidad con y desde los marginados, los pobres, los oprimidos, quienes no tienen opción. Dejemos la comodidad y pongámonos a trabajar en búsqueda de justicia.



Sé el primero en comentar