Los objetos se distribuyen a lo largo y ancho de toda la sala. Hay de todo. Ingeniosos artilugios medievales, grandes dispositivos mecánicos del siglo XIII y hasta complejos sistemas digitales de mediados del período en curso. Todos ellos, diseñados para torturar y matar. Piezas originales que derraman sangre y dolor por cada uno de sus vértices. Los dos hombres aprecian los modelos mientras recorren el recinto. El dueño de casa habla con soltura, haciendo hincapié en algún detalle de la colección que, a su juicio, vale la pena resaltar.
-En este potro torturaron a un conocido monje del siglo XII -dice el anfitrión mientras acaricia con dulzura una especie de cama de madera provista de ciertas piezas mecánicas. -Con este instrumento obtuvieron la confesión de las brujas de las villas germánicas. -agrega al tiempo que señala un siniestro aparato repleto de largos filos punzantes. -Con aquel otro lograron torcer la voluntad del jefe de la flota alienígena del siglo pasado.
De repente, el visitante se detiene frente a un objeto que atrapa su atención. Su sencillez e inocencia contrastan con el resto de los instrumentos que colman la terrorífica sala.
– ¿Qué hace este aparato aquí? -pregunta el sorprendido hombre al tiempo que señala una pequeña radio a transistores que descansa dentro de una delicada cristalera. – ¿Acaso no me dijo que usted es el mayor coleccionista de objetos de dominación y tortura de toda la galaxia?
-Así es. El que está observando es mi favorito. Aunque le cueste creerlo, ese sencillo instrumento del siglo XX ha logrado más sometimiento, dolor y conquistas que cualquiera de las otras piezas que se guardan en la sala.



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