Cambio climático y cambio de paradigma

Hace un buen tiempo que me preocupa toda esta temática, con la que nos atosigan los medios de comunicación, los vecinos, los familiares, los amigos entre otros.

Y a esta altura, sobre todo, cuando escucho además a tanto técnico vinculado a la producción rural (ingenieros agrónomos, veterinarios, técnicos lecheros), mencionar el tema y pese a la parla que tienen algunos para “vender” el modelo productivo con paquete tecnológico y asesoramiento incluido, poner cara, gesto y actitud de “yo no tengo nada que ver, es el ser humano vio?, siempre que se hace algo se contamina, ¿qué quieren? ¿No hacer nada? ¿De qué vamos a vivir? La humanidad debe alimentarse”.

En fin, circulan esta serie de “frases hechas” que, de tanto escucharlas terminamos convenciéndonos que es así, la única solución es esta (sobre todo para este sistema perverso), que hay a la vista, lo que nos lleva por lo general a una actitud pasiva respecto a esta realidad tan potente, tan dilemática: a) Producir-ganar (dinero por supuesto botija!) sin importar los impactos negativos que puedan derivar de esta actividad; b) Consumir (si más de lo que ganás mejor, pa´eso están los bancos, las tarjetas y las financieras ¡lógico! No me vengas con espiritualidad, eso dejalo pa´los intelectuales!). Y, como bien decía don E. Pichón Riviére, los dilemas no tienen solución, los problemas sí. Ego: debemos transformar lo primero en un problema concreto, para tener luego chance de comenzar a vislumbrar una solución.

Me voy a detener ahora a analizar lo que me parece en esto del calentamiento global, cambio climático, etc. es un problema: la formación de los técnicos, que hoy día tienen un gran poder en el desarrollo del actual modelo productivo, que es afín al rol que las mega empresas del sector a nivel mundial nos tienen asignados a los consumidores y a los productores.

Para esto fue necesario un largo proceso del que los productores rurales fueron objeto de “desaprendizaje”. Dicho de otro modo: el saber fue todo puesto en la academia, en la universidad, y al productor le fue quedando el rol de ejecutor de la planificación ajena, convenciéndolo progresivamente que sabe poco y nada, que ese aprendizaje impresionante acumulado por generaciones, basado en la experiencia, en la observación de los ciclos y ritmos de la naturaleza, en el cuidado y conservación de suelo, aire y agua lo más puro posibles, etc. ya fue: ahora es el tiempo de la ciencia y la tecnología.

Siendo un poco grosero tal vez, el mensaje que el técnico le va dando es: “Yo te voy a enseñar cómo producir hoy, con tecnología de punta, de acuerdo a la demanda de los mercados, sin riesgos de fracaso en el resultado final, bla, bla, bla”, que, en definitiva es como decirle: “vos no sabés nada, dejame a mi, flor de negocio vamos a hacer juntos”.

La realidad por lo general es muy otra: el único que corre con todos los riesgos es el productor, y el único también que no pierde es el técnico, la sociedad de fomento, la cooperativa, o la empresa que se dedica a los “agronegocios” (no hay más que fijarse para comprobar esto, los resultados positivos de balances que presentan todas estas instituciones y empresas).

Por otro lado todos/as, en nuestro fuero íntimo, tenemos la certeza que algo grave está ocurriendo, y algo peor puede sobrevenir en el planeta, el cual no puede soportar la agresión de la que es objeto permanentemente. El miedo muchas veces es tan grande que nos inmoviliza, u optamos una actitud de “como si” no fuera así, de negación de la realidad, lo que en definitiva hace agravar la crisis que se avecina.

Por todo esto, es bueno, sano, empezar a decirnos los humanos las cosas como las vemos, las sentimos, comenzar una discusión sincera, aunque con los márgenes de error que tiene todo lo humano, con la carga de subjetividad inevitable, de miedo lógico ante lo nuevo que puede surgir de esta discusión, que puede tocar intereses personales y corporativos.

Si mi análisis primario respecto al poder que ha adquirido en nuestras sociedades el rol de técnico es aunque sea parcialmente adecuado, corresponde que este sector asuma esta responsabilidad públicamente y se haga cargo de lo positivo y lo negativo (yo diría en algunos aspectos nefasto), de este modelo de desarrollo, de producción, que campea al menos en esta región del mundo, y que en su gran mayoría ellos/as respaldan.

Que se haga cargo de la gran carga tóxica de la mayoría de los alimentos de consumo humano y animal que llegan a nuestra mesa (corroborado por los análisis que se realizan en el Mercado Modelo), del uso indiscriminado de quemantes y venenos que ellos/as recomiendan aunque no se sepa bien los efectos sobre el medio ambiente y la salud tienen, lo cuales muchas veces no cuentan con un seguimiento científico adecuado antes de su aplicación.

Es escandaloso como aceptan y avalan comentarios tales como “dicen que puede tener riesgos su uso (de los productos químicos), pero no está comprobado”. Pero, ¿no era que antes de usar por ejemplo un medicamento debía comprobarse sus beneficios y efectividad? ¿Cuánto más entonces un veneno, un quemante que va a dar a la tierra, al agua o al aire? ¿Dónde fue a parar en este caso ese rigor científico tan aclamado en otros tiempos?

No todo es tan negativo en nuestras vidas. Poco a poco va creciendo la conciencia de las personas a esta problemática, aunque no tenga muchas opciones de acceder por ejemplo a alimentos más sanos, sea porque no abundan en el mercado, o por el costo de los mismos, tiene un lugar en su mente como una preocupación, una interrogante, que lo lleva a procurarlos o a implementar cuando es posible una huerta en su predio. También organizaciones civiles y religiosas están con una preocupación sincera sobre los problemas ecológicos, analizando en profundidad la problemática y –en algunos casos- tomando acciones concretas encaminadas a revertir este proceso, buscando modelos alternativos de desarrollo, en fin, encontrando en la conjunción de esfuerzos, el camino de esperanza en un futuro mejor para la VIDA en el planeta.

El teólogo brasileño Leonardo Boff nos ofrece un par de ideas para comenzar el camino de incorporación de un nuevo modelo:

Si quisiéramos garantizar un futuro común, de la Tierra y de la Humanidad, se imponen dos virtudes: la autolimitación y la justa medida, expresiones ambas de la cultura del cuidado. Pero, ¿cómo pedir esas virtudes si todo el sistema está montado sobre su negación? Pues, a pesar de todo, esta vez no hay otra salida: o cambiamos y nos encaminamos hacia el cuidado, nos autolimitamos en nuestra voracidad viviendo la justa medida en todas las cosas, o nos veremos abocados a una tragedia colectiva.

La autolimitación significa un sacrificio necesario que salvaguarda el planeta, tutela los intereses colectivos y funda una cultura de la simplicidad voluntaria. No se trata de no consumir, sino de consumir de forma responsable y solidaria para con los seres vivos de hoy y los que vendrán después de nosotros. Ellos tienen también derecho a la Tierra y a una vida con calidad.”

Oscar Oudri
Acerca de Oscar Oudri 1 Article
En mi carrera profesional he desarrollado habilidades para gestionar instituciones sin fines de lucro y empresas, con personal a cargo, búsqueda y desarrollo de proveedores, gestión de compras, análisis de costos, diseño gráfico, planificación estratégica, confección, monitoreo y evaluación de proyectos, análisis de impacto, capacitador en el área social, desarrollo sustentable y sostenible.

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