Tecnologías disruptivas

Tecnologias disruptivas Eliana Valzura

Días pasados se discutió por este medio sobre el avance de las tecnologías disruptivas, especialmente en el área de la medicina y la salud. El autor proponía pensar si estas innovaciones eran realmente disruptivas y al servicio de quién o de qué intereses se desarrollaban.

No pretendo ser muy original en mis planteos, simplemente ahondar un poco en esas directrices que ya fueron mencionadas.

Se conoce como “tecnologías disruptivas” a aquellas que revolucionan las industrias y los mercados —en cualquier área y hacia cualquier desarrollo—. Y utilizo deliberadamente la palabra “revolucionan”, porque su innovación implica necesariamente un cambio de paradigma, esto es, que lo que se entendía hasta ese momento de una manera ahora se entenderá de otra, y ese nuevo paradigma será el paraguas a partir del cual los nuevos enigmas y desafíos que presenta la ciencia, la industria, el mercado o el saber en general serán desentrañados. Así pensó Thomas Kuhn, un filósofo de la ciencia del siglo XX, que se generan los avances en el campo del saber.

Que la tecnología es ya una extensión prostéica de nuestra vida cotidiana, nadie puede negarlo. Todo hace pensar que lo será aun más.

Que la tecnología está cambiando (y lo cambiará más) el mercado laboral, también es una realidad que no puede esconderse ni negarse, aunque en el camino quede un tendal de personas desocupadas y fuera del sistema.

Que la tecnología aplicada al campo de la salud ha permitido que la expectativa de vida se haya extendido y que se hayan mejorado las condiciones de existencia, la salud en la vejez, la predicción de enfermedades, la erradicación de otras, la medicina preventiva (que no solo mejora la salud, sino también la economía), las posibilidades de las personas con discapacidad, tampoco puede negarse.

En este sentido, podemos decir que la tecnología es disruptiva.

Ahora bien, ser “disruptiva” implica que provoca un cambio rotundo. Imaginemos un tren que va en una dirección y cuando se acciona un mecanismo o “cambio de agujas”, la formación se desvía hacia otra parte, hacia otro recorrido alternativo. Ese “cambio de agujas” es disruptivo. Diríamos que es un evento crucial.

El cambio en sí es producto de la investigación, del desarrollo, del crecimiento del saber y, si observamos la historia, siempre despertó confianzas ciegas, resquemores, augurios apocalípticos y temores. Lo nuevo, asusta. Lo muy nuevo, por diferente, por abrupto, asusta doblemente.

Es por eso que mi postura, la cual ya he esbozado en otras participaciones, es que se debe abrir un debate filosófico y una investigación ética respecto de muchos temas colaterales a la tecnología y a la disrupción en sí. Avanzo con algunos interrogantes:

¿En manos de quiénes estará esa tecnología disruptiva? ¿Quiénes tendrán acceso a ella? ¿Podrá democratizarse su uso y sus beneficios o creará nuevas “castas tecnológicas”? ¿Al servicio de qué intereses estará consagrada? ¿Será su fin únicamente mercantilista? ¿Se moverá solo por las lógicas del mercado o también contemplará otros intereses y, sobre todo, necesidades (y digo “solo”, porque nadie está esperando beneficencia, sabemos bien que si no hay rédito —en ese mundo capitalista— la ciencia no se movería)? ¿Quiénes serán sus dueños? ¿Qué fines perseguirán? ¿Hacia dónde irán encaminados sus esfuerzos? ¿Podrán transparentarse esos mecanismos? ¿Será posible que esa disrupción se extienda, también y como compensación de ganancias millonarias, hacia cuestiones no tan rentables (como enfermedades huérfanas)? ¿Cómo se puede planificar, a largo plazo, el ecosistema educativo/económico del país para que estas tecnologías disruptivas generen riqueza equitativa, trabajo y dignidad para todos y todas, y no más desempleo, desigualdad y pobreza? ¿Cuáles y cuántos serán los “daños colaterales” provocados? ¿Cómo prevenirlos y/o subsanarlos?

El sistema capitalista no es humano per se. Su interés es la ganancia, el lucro. Y lo es de manera cada vez más voraz. Y eso no es ni bueno ni malo en sí mismo: es así. El problema son las consecuencias que genera que sea así. Por eso es que se impone abrir muchos y nuevos frentes de reflexión filosófica sobre esta imparable disrupción tecnológica. No para pararla (igualmente no se podría) sino para procurar humanizarla, ponerle restricciones y obligaciones, darle marco legal, intentar, si fuera posible, que contribuya a un mundo más justo y no a un mundo cada vez más desigual.

Una disrupción de tal magnitud no puede quedar en manos de tecnócratas.

Tampoco podemos educar a las nuevas generaciones en el fetichismo de la tecnología, como se pretende hace un tiempo innovar en todas las currículas escolares.

La pura acción, dejada en las “manos invisibles del mercado”, sin reflexión continua, solo puede prometer deshumanización y nuevas miserias, por más maravillosa que sea la disrupción.

Acerca de Eliana Valzura 9 Artículos
Lic. en Letras (UBA), Lic. en Filosofía (UNTREF), Mg. Teología (FIET/SATS). Editora y correctora literaria Directora de Ediciones Diapasón Docente y escritora.

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