La situación en la que se encuentra nuestro mundo es realmente preocupante. Y es oportuno el preguntarnos si este sigue siendo nuestro o solo el de unos pocos, que, a través del conformismo, han llegado al punto (en la sociedad de las masas) de abarcar y controlar a todos los miembros de la sociedad. Es decir, el conformismo se convierte en una condición social en el que los sujetos de un Estado adoptan el pensamiento dominante de un sistema político o cultural.
En este mundo, gracias al surgimiento del “conformismo”, el concepto de relación humana e incluso, el de igualdad, desaparecen por completo y toma su lugar la uniformidad de los individuos a un solo modo de actuar, hablar o pensar. La pluralidad de los sujetos poco a poco se va esfumando, pues no existe un mundo en común por el cual se es visto y escuchado. Ya que, en su lugar, existe un interés en común para todos: el dinero; interés en el que “con mano invisible” guía la conducta de los hombres y armoniza sus intereses conflictivos.
¿Pero qué papel tiene ahora la esfera pública con la concentración del conformismo? Y, antes de desarrollar una respuesta a esta pregunta, es preciso describir lo que se entiende por público. Esta palabra se remite a dos fenómenos estrechamente relacionados: Primero a lo que aparece, es decir, a lo que puede ser visto y oído por todo el mundo. Y, segundo, el propio mundo en cuanto es común a todos nosotros, pero diferenciado del poseído privadamente en él.
Ahora bien, como lo he planteado al principio de esta nota, el problema es pensar si todavía existe un mundo común a todos nosotros, el cual, sea capaz de reunirnos a través de una “transformación del mundo en una comunidad de cosas que agrupa y relaciona a los hombres entre sí”[1]. De ello que en la esfera pública radique la simultanea presencia de innumerables perspectivas y aspectos, que, a través de una comunidad de cosas en el mundo, se presenta lo común; todos ven y oyen, pero también son vistos y escuchados desde una posición diferente y este es el significado de la vida pública.
Ante esto, “si el mundo ha de incluir un espacio público, no se puede establecerlo para una generación y planearlo sólo para los vivos, sino que debe superar el tiempo vital de los hombres mortales”[2]. El problema con el que nos enfrentamos es que la sociedad contemporánea ha dejado de crear esa comunidad de cosas en el mundo, que sean capaces de relacionar a los hombres entre sí. Sin embargo, la tecnología, a pesar de ser innovadora, no tiene la función de agrupar a los sujetos, sino de dispersarlos.
A pesar de que las redes sociales nos “acercan” a los otros, habría de pensar en que forma lo hacen, puesto que, estas últimas son dirigidas por grandes empresarios con un pensamiento cultural y político específico, el cual es capaz de censurar lo que “aparece” en los algoritmos de cada dispositivo. Un ejemplo de esto, puede ser la alta presencia de un contenido burdo, escueto; dejando a un lado al contenido que se especializa en realizar críticas sociales, culturales o políticas.
Dentro de estos espacios, es imposible que surja una esfera pública, ya que no fue diseñada entre los hombres, sino que fue el resultado del pensamiento de el hombre. De esta manera se convierte en una esfera meramente social, donde el espacio pasa a ser un lugar de administración y control; de modo que, se genera una sociedad de masas donde los individuos ya no actúan ni deliberan, sino que se comportan de acuerdo con normas y con un único interés común.
La tecnología, bajo el monopolio de unos pocos y bajo las riendas de un único interés (el dinero), es incapaz de ser ese conjunto de cosas que permita a los hombres reunirse bajo las condiciones materiales de un mundo en común. El ser visto y ser escuchado solo puede formarse en una esfera pública, espacio de la acción y la palabra, donde los seres humanos aparecen unos ante otros como iguales y diferentes; donde se construye un mundo común.
Si la tecnología pretende humanizar, su intención debería ser el fabricar un sistema de aparatos que no segreguen. Quizá el desafío de nuestra época no sea abolir la tecnología, sino reapropiarla como un espacio donde los hombres puedan volver a aparecer unos ante otros, no como datos, sino como sujetos capaces de acción y palabra. Y, por supuesto, esto incluye a todas las minorías, ya que, ellos también conforman el espacio para garantizar (en la esfera pública) el respeto hacia la dignidad humana.
Fuentes:
Hanna Arendt, “La esfera pública y privada” en La condición humana. Trad. ns. Ramón Gil Novales. Buenos Aires: Paidós. 2009.
[1] Cfr. Hanna Arendt. La condición humana. Pp. 64.
[2] Ibid.



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